EL HORNITO

Dice José Luís de la Barrera Antón que el Hornito es “el alma de Mérida”, es decir su vida y su biografía.

Y es que en Mérida no hay lugar más concurrido por su gentes a cualquier hora, incluidas las más solitarias o las más gélidas, es decir las más de cada uno y de sus necesidades y anhelos, voluntades y miedos: allí iban las gentes que tenían luto para burlarlo y ver sus deseos mundanos, allí se encontraban los bautizados y sus padres, padrinos y convidados de la nueva vida, los cofrades nazarenos y ferroviarios, las gracias por cien mil deseos cumplidos en forma de brazos, pelucas…

Pero muy poco se sabe, a sabiendas, de este Hornito erigido sobre restos antiguos de lo que se creía el Horno en que fue introducida la Señora Eulalia.

Sin lugar a dudas el monumento eulaliense de Mérida con mayor poder de atracción sin embargo es el menos conocido en su compleja Historia: lo que vemos hoy es una obra realizada durante tres siglos poniendo en evidencia la pobreza y el fervor emeritense y de sus antiguas aldeas con cuyas limosnas se edificó y aderezó.

Fue mandado construir en 1495 por dos Visitadores de la Orden de Santiago de la Espada, Franciscus Martinus Vicarius y Fernando […] y en 1498 ya estaba construido; entonces era una simple habitación realizada en mampostería con un arco labrado en piedra en la que había una figura en madera pintada de santa Eulalia; una bóveda servía de techo mientras una reja "de palo" protegía su interior.

Este singular oratorio fue construido como ermita con el fin de acercar a Santa Eulalia a los emeritenses sin necesidad de esperar a que abriesen la iglesia; en él se oficiaban misas y también en él se celebraban los trecenarios anteriores a los del siglo XIX; éstos eran exclusivamente populares.

Las gentes del siglo XVII aprovechaban la tierra de su entorno para, disuelta en agua, utilizarla como remedio milagroso.

En 1610, y queriendo aprovechar la aparición de restos romanos de gran valor se aprueba su remodelación y en 1612 ya se habían instalado los mármoles del templo de Marte formando un atrio de gran belleza.

En 1662 se colocaron los escudos de Felipe IV, de la Ciudad y del Gobernador santiaguista de entonces.