JUICIO, MARTIRIO Y MUERTE DE EULALIA

En los comedios del siglo III d.C. la sociedad romana se vio convulsionada por la inestabilidad política, las invasiones bárbaras y las dificultades económicas, hechos que se intentó explicar por una pérdida del favor divino. Para recuperarlo, las autoridades políticas promulgaron una serie de edictos que obligaban a sacrificar a los dioses del Imperio. Su incumplimiento generó una serie de persecuciones, en una de las cuales, impulsada por el emperador Maximiano Hercúleo, perdería la vida la joven Eulalia, mártir emeritense.

Eulalia, nacida en el año 292 d.C. abrazó la fe cristiana. En armonía con la tradición, los autores antiguos nos transmiten una serie de datos que tienden a ser considerados como biográficos: su pertenencia a una familia acomodada, su alejamiento –por mandato paterno- de la ciudad y su reclusión en una casa campestre, la huida y presentación ante las magistraturas romanas para hacer pública ostentación de sus creencias cristianas y el escarnio de las paganas, su martirio y su muerte cruenta.

El juicio de Eulalia y el de otros mártires emeritenses se realizó en el foro, corazón político - administrativo de Augusta Emerita; la aplicación de la pena máxima (summum suplicium) debió ser extramuros.

El edicto imperial fue ejecutado por el gobernador provincial, que residía en Augusta Emerita. La “Pasión de Santa Eulalia” cita a un Calpurnianus, del que nada se sabe salvo su nombre. Por contra, fuentes epigráficas informan de que en la fecha en que murió Eulalia era Aurelius Ursinus quien ostentaba el poder en Lusitania, por lo que, en buena lógica, hemos de ver en él al torturador de la doncella emeritense. Su nombre, esta vez como topónimo, aparece repetido en la “Pasión” de los santos emeritenses Servando y Germán, decapitados en un lugar de la Bética denominado Ursiano.

La muerte de Eulalia, acaecida en el año 304 d.C., aportó a la naciente comunidad cristiana su figura más carismática. En el lugar en que fue ejecutada se erigió un martyrium y, sobre él, una basílica. En el estado actual de nuestros conocimientos, no es posible determinar si los restos de Eulalia fueron aventados, como prescribía la legislación romana para que no quedara “memoria” de ellos, si fueron recogidos piadosamente por algún seguidor de la nueva fe o si se llegaron a enterrar. Lo que sí es cierto es que muy pronto habría de convertirse en santuario de peregrinación de notables figuras de la Antigüedad.

PAGANOS Y CRISTIANOS EN AUGUSTA EMERITA LA MÉRIDA QUE CONOCIÓ EULALIA

Coincidiendo con el primer decenio de vida de Eulalia, en Hispania, como en otros lugares del Imperio romano, se aplicó la profunda reforma administrativa, fiscal y militar ideada por Diocleciano. El número de provincias aumentó, pasando a agruparse en circunscripciones territoriales mayores, denominadas diocesis, al frente de cada una de las cuales se colocó a un gobernador con solvencia administrativa, capacidad militar y total confianza del emperador. La sede de la nueva diocesis Hispaniarum se ubicó en Augusta Emerita, donde tanto el gobernador (praeses) como el vicarius, su máximo representante, fijaron su residencia. Con ellos, un importante y nutrido conjunto de funcionarios encargados de hacer funcionar la pesada y aparatosa burocracia en materia de justicia, impuestos u obras públicas.

La nueva capitalidad de Augusta Emerita propició una revitalización de la edilicia privada, con la edificación en la campana emeritense de lujosas casas de campo (villae), tan acomodadas que los autores clásicos no dudan en calificarlas de urbes in rure (ciudades en el campo). De igual modo, el que los gobernadores y su séquito representaran lo más granado del paganismo oficial trajo como consecuencia la restauración de los viejos edificios de espectáculo públicos, en los que poder disfrutar de juegos de circo o representaciones teatrales, tan denostados por los apologistas cristianos. Por los años en que vive Eulalia, se comienzan las obras de reforma del circo que, según se dejó anotado en un epígrafe conmemorativo que se expone, estaba arruinado de viejo (vetustate conlapsum); en el teatro, por su parte, se sustituyeron elementos arquitectónicos perdidos por otros nuevos.

Frente a la vitalidad de los estertores del paganismo más recalcitrante, la comunidad cristiana emeritense se mostraba dividida. Las cicatrices en el cuerpo de la Iglesia emeritense causadas por el enfrentamiento entre quienes, con motivo de la persecución de Decio medio siglo antes, se habían mantenido firmes en su fe y quienes renegaron de ella (lapsi) aún no habían curado. La temeraria actitud de Eulalia, que se arrojó voluntariamente al martirio, quizás sea reflejo de estas disensiones religiosas, a medio camino entre la exaltación y el rigorismo. La muerte de Eulalia debió suponer una auténtica conmoción en la comunidad cristiana emeritense y contribuyó de manera decisiva al triunfo de la nueva fe en la entonces capital de las Hispanias.

EL CRISTIANISMO PRIMITIVO EMERITENSE

El primer testimonio seguro de la presencia de una comunidad cristiana firmemente establecida en Augusta Emerita corresponde al año 254, fecha de la carta que el obispo de Cartago, San Cipriano, remitió a los fieles de la ciudad exhortándoles a no seguir a los libeláticos (renegados que firmaban el libellus o certificado por el que se retractaban de su fe y juraban fidelidad al Imperio y a los dioses de Roma), con el obispo Marcial (ó Basílides) al frente.

Entre los años 250 y 304 se sucedieron entre siete y diez persecuciones, en la última de las cuales ganaron la vida eterna un ramillete de mártires. De algunos (Eulalia, Servando y Germán), su existencia está fuera de toda duda; otros (caso de Julia -compañera de Eulalia en su fuga - y, quizás, Lucrecia) son fruto de la confusión historiográfica.

En el 309, fecha del Concilio de Elvira al que asiste el obispo de Mérida Liberio, la situación se había normalizado por completo. El propio Liberio y el también metropolitano Florencio asistieron a sendos concilios celebrados en Arles (314) y Sérdica (347), respectivamente. Esta circunstancia y el que Mérida fuera la sede del vicarius de la diocesis Hispaniarum, máxima autoridad política de la Península, puede hacernos pensar que las Silla emeritense ejercía una suerte de hegemonía sobre toda la iglesia hispana.

Sin embargo, aunque la comunidad cristiana emeritense estaba perfectamente estructurada, nada se sabe de los primeros centros de culto. Será a partir de la época visigoda cuando se consolide una nueva etapa de esplendor, que tendrá su reflejo en el urbanismo y las artes. Fuente inapreciable para el estudio de este momento resulta una obra anónima del siglo VII, titulada Vitas sanctorum Patrum emeritensium (Vidas de los santos padres emeritenses). Del estudio de la misma se deduce una sociedad enriquecida y pujante, cuya fortuna está cimentada en el activo comercio de la ciudad desarrollado con los distintos puntos del solar del antiguo Imperio Romano.

No es de extrañar que este ambiente propiciara una gran actividad artística que motivaría la formación de un nuevo estilo: el arte hispánico de época visigoda, con notables ejemplos, algunos de los cuales se exponen, y que se irradió, con posterioridad, a distintos núcleos urbanos de la Península.